25 de diciembre de 2011

Al final de todo sigue siendo inestable. Por mas caminos que tenga para seguir siempre hay un puente en el que no se puede pasar y debajo de él un abismo. No me puedo mentir, porque no puedo saltarlo y si lo hago caigo. Tengo que encontrar el punto medio entre la inestabilidad del puente y mi realidad. Si no puedo saltarlo mientras este roto tengo que mantenerme en mi lugar para no desviarme, porque ese es el camino adecuado. Es la paciencia la que reconstruirá el puente, tengo que esperar y armarlo de esa manera tendré el mejor puente, por el que voy a poder pasar todas las veces que quiera y como yo quiera. No tengo que ni puedo desesperar, en realidad no hay apuro. Es lo que me rodea, lo que me rodea corre y nadie lo persigue. Esa velocidad es contagiosa y cualquiera se mete en ese mar, lo llevan y traen las olas, se desesperan y saltan el puente porque no pueden esperar. Es entonces cuando caen y se desilusionan porque ya no confían en ese puente, ni en ningún otro. Entonces luego no pueden avanzar, no pueden construir otro y tardan más. O tal vez se van por otro camino y viven otra vida, tal vez esa vida era mejor. Tal vez el puente estaba roto porque no se podía pasar. Tal vez el destino me dice que me aleje de mi puente roto, que busque otro camino que mis pasos sean al azar.

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